martes, enero 27

viajes atípicos

"Tres monedas de un peso y dos de diez. Justo para pagar dos boletos de $1,10 y me sobra una enterísima moneda de $1."

Ése era, en pocas líneas, el plan trazado para ir de mi casa a la estación, y viceversa. Por la avenida pasan varios colectivos que sirven a tal fin -263, 278, 585 (el rojo y el verde) y 281- así que la espera no sería demasiado cansadora.

De la estación al lugar donde tenía que ir hay una distancia de seis cuadras. Todos los colectivos llegaban hasta la estación, y sólo uno de ellos me dejaba a doscientos metros del anhelado destino: el 278. El tema es que una vez que cruzan la estación, el valor del boleto -que aún no conozco- cambia. Desde que subieron los precios sigo sin saber cuanto sale, pero aún así era evidente que mi cálculo fallaría y tendría que andar con varias moneditas de acá para allá. Ese era el problema: No el aumento de las tarifas, ni la simple negación, menos el pseudo-vandalismo injustificado. Todo el drama giraba en las circulares y pequeñas monedas que tanto me molestan.

Recordé a todas aquellas personas que alguna vez se habían subido pagando un boleto que no les correspondía, y me convencí de que bajar tres paradas después no era un gran pecado, sino más bien parte de un ingenuo y tímido juego infantil. No estaría rompiendo ninguna norma de las buenas costumbres, a decir verdad, ni perjudicando al conductor. Pero nunca lo había hecho y no estaba segura de poder llevarlo a cabo. El tiempo para decidirlo se escabullía a medida que el colectivo iba avanzando. "Cualquier acción -por mínima que sea- que sirva a incrementar mis niveles de adrenalina sin dañar la moral pública, no puede ser desechada así como así.", pensaba, dejándome sacudir por la emoción de cometer un acto de tal calibre.

Subí y pedí uno de $1,10.

Estaba nerviosa. Pensé que lo mejor era tomar asiento para pasar desapercibida. Odio viajar parada y no sentarme habiendo lugares era exponer mi crimen en un escaparate con reflectores que lo apuntaban desde todos los ángulos.
Así que me acomodé del medio para atrás, del lado del pasillo. A mi derecha había una mujer que se bajó a las pocas paradas, me senté del lado de la ventana y otra señora pasó a ocupar el que en su momento había sido mi lugar.

Una mujer de tez morena, de unos 40 años, negro el cabello que llevaba recogido en una media colita y negros también los ojos ovalados, repetía sin cesar una fórmula gastada donde hacía hincapié en que ese era el trabajo más honesto que podía conseguir, y que lo que más le interesaba para el futuro de sus hijos era poder darles de comer de un modo honrado. Una vez terminado el discurso, pasó a recoger unas estampitas -las había repartido antes de que yo suba- y algunas monedas que unas gentes con aire desinteresado dejaban caer sobre sus finas manos.
Era delgada, llevaba una pollera corta de jean, una musculosa, un morral y un tatuaje grande y negro en el talón. Todo en ella cuadraba con la imagen stone, todo salvo que tenía unos 20 años más que la mayoría de las señoritas de esa tribu urbana.

Inquieta, seguí los movimientos del conductor por el espejo con el rabillo del ojo, ansiando no ser vista. Recordé que no era esa la forma de actuar que utilizaba cuando viajaba de modo legal, así que me puse a mirar por la ventana pretendiendo parecer muy compenetrada en observar el vidrio sucio.

Todo el mundo debe haberlo hecho, al menos no-intencionalmente, y nadie había muerto por eso, y si alguno murió yo no me enteré, así que es casi lo mismo, porque el árbol que cae en el bosque no hace ruido si nadie está ahí para atestiguar que así fue. El plan era impecable: No había forma de que me descubran, el viaje era corto y la diferencia al bajar era sólo de seis cuadras.

Pero no pude soportarlo, me acerqué al colectivero que charlaba con la señora de las estampitas y le dije que quería extender el viaje.

- ¿Hasta donde vas?
- Videla y Mitre
- ¿Sacaste $1,10?
- Sí
- No te hagas problema, entonces - Dijo mientras volvía a desviar la vista hacia la chica con el tatuaje en el talón para reanudar la charla.

Atónita, volví a mi lugar que había sido ocupado por un muchacho con una remera verde manzana (sí, verde manzana) y lo devolvió de modo muy cortés al verme regresar. El colectivo subió por el puente, en un segundo dejó atrás la estación y al instante ya estaba a doscientos metros de la librería.

En el bolsillo tenía dos monedas de un peso y una de diez.





No hay moraleja.

12 notas al margen.:

Horacio Gris dijo...

Me gustó mucho. Tu estilo suele moldear relatos muy perceptuales -para llamarlo de algún modo- y la percepción en los transportes públicos es casi un rito de iniciación para la prosa urbana!

Me llamó mucho la atención tu imperativo de sincerar el costo del pasaje con el colectivero.
Yo estuve un año entero pidiendo el mínimo todos los días al subir al 150 a la mañana y jamás me dijeron nada.


saludos

Félix dijo...

Sos la única persona en el Universo que se acercó a pedir que le extiendan el boleto que sacó.

Por tu honestidad, te regaló esos cuarenta centavos.

Pero depende del colectivero... A veces alguno te hacen lío por diez centavos.

En fin, esa paranoia de saber que sacaste el boleto mal, muchas veces me pasó... Cola de paja que le dicen, jajaja.

Agustina dijo...

el problema es que en su momento tuve la idea pecaminosa. está bien, no llegó a concretarse, pero deberían haberme cobrado el boleto igual para no hacerme sentir culpable ahora.

agustina, hiperboleando esos ínfimos e insignificantes detalles de la vida en blogger.com desde septiembre de 2007.

Fran dijo...

La infinita lucha entre la moral, las monedas, los boletos y el colectivo.

Un placer leerte, como siempre ;)

Scar dijo...

.

La cohesión del texto es muy buena, y posee una semántica acertada. A eso le sumo una anécdota como pequeña historia, y un giro, dulce y casi palpable.

Ok, sigo siendo el de siempre: obtuso y confuso (sí, y lo disfruto).

Lo que decía, quería decirle era: Muy bueno, damita, creo que su post que más me ha gustado (nobleza obliga: no los leí todos).

Saludos
del león marcado.

Scar dijo...

(y yo soy uno de esos que basaba su fortuna de juventud en el "ahorro" en viajes de bondi y tren...)

Lucas.- dijo...

La moraleja es que aca el que no coje se deja.

Jimpa dijo...

acá usamos boletera, no hay que pagar ni verle la cara al del bondi

Paranoid Android dijo...

Simpàtico ejercicio estilístico, pero de todos modos pierde validez si uno sabe que en realidad the telegraph-lines-lady es una experta en evadir pasajes de transporte público, especialmente férreo.

Agustina dijo...

ah, pero por favor, no voy a permitir una acusación de tal calibre!
una dama -llevando con elegancia su no-auto-suficiencia- al dejar reposar su brazo sobre el de un hombre, está depositando en él también toda responsabilidad sobre los actos que se sucedan de allí en más, quedando inerte y lejana cual muñequita de trapo (entretenida si se lo quiere, pero ajena de voluntad).
ergo, todo pago de boleto de transporte público evadido recae también sobre el señor.
y con tantas cosas en el brazo, justificados los posteriores dolores de espalda.

Persio dijo...

Debo ser la única persona aún viva que alguna vez lo presenció.

Fue hace como 4 años. Yo notaba que el colectivero miraba a cada rato por el espejo. Hasta que en una parada se da vuelta y esforzándose por sonar como un colectivero bien ronco y malumorado, señala a uno que estaba sentado en el fondo y le grita "PIBE, VOS TE PENSÁS QUE YO SOY PELOTUDO? TU BOLETO ERA HASTA ANDRÉS BARANDA Y YA PASAMOS CALCHAQUÍ".

No fue a mí, pero desde entonces el fantasma de ese colectivero no dejó de perseguirme en ninguno de mis viajes.

Pabloid78 dijo...

Sí hay moraleja, sino no lo contabas.
No querés decir que el acto de sinceridad te fue recompensado.
Que difícil que es ser malo, ¿no?